domingo, 30 de junio de 2019

Comer, fumar, cagar, dormir
- Va! Morite pues
- ¿Por qué siempre queres hacerme sentir mal? Cuál es tu rollo?
- ¿Cuál es el tuyo?

Y con esto la tan idiota frase de comerse el mundo y la relación de un bocado, no sabía ni creía lo pusilánime que podía ser.

Hace más de diez años me la llevaba de poeta, tuve un amor de aquellos indómitos en la universidad y resulto ser aquel del que siempre se oía en unos y otros amigos hablar de que “el primer amor no se olvida”, iba y venía con una libreta llena de palabras prosaicas, mimetizadas en esbozos de poemas que en las más oscuras borracheras las sacaba de la mochila y las leía a los amigos, tenía a un amigo que tocaba en uno de esos grupos que por esa época estaban en detrimento pero se negaban a morir de aquella convulsa época de rock y protesta política y social.

Pues agarraba los vasos de cerveza y las manchaba de garabatos con un lapicero y salía uno que otro defectuoso poema, este amigo lo leyó y me dijo cerote esta mierda esta buena para una rolita, sin más que decir se la dí y ahí perdí uno de los que recuerdo eran mis mejores simulacros de poemas. Acarreando por años esta indolencia maldita que dejo en mi esta relación doliente y maloliente me dediqué a retraerme en las palabras y me convertí en un buen escuchador, todo lo que decían lo guardaba en mi para luego tirar basura por la boca como aquel acupunturero que ya sabe en dónde encontrar los males de los otros, mi aguja era la palabra, aquella maldita palabra hiriente e indecente.

Sabía que podía ser un hijueputa pero no de las grandes ligas, hay un momento que la boca antecede esos 25 centímetros mas o menos que separan al cerebro de la lengua. De adolescente solía esperar una cita o una reunión sin ver ni siquiera el reloj, era una especie de inmiscuidad cotidiana, me gustaba observar a las personas, aquel arrullo de pareja, aquel grito del padre a sus hijos y atravesaba las horas de espera en aquel mundo real y fantasioso, absorbido por el entorno.

Hace poco corríamos con unos amigos por la premura aquella indómita de la burocracia y sus horarios, surcábamos las avenidas de la ciudad a toda prisa, yo en el asiento del copiloto dormía por unos segundos, de pronto oigo una moto rebasarnos por la derecha, el compañero que manejaba como pudo lo esquivó pues debíamos cruzar en esa misma derecha que el hijueputa motorista se le había ocurrido rebasar, no tardo un instante y antes que el imbécil pudiera decirnos algo yo ya le alegaba con aquella enjundia propia de un energúmeno.

Aquel niño que jugaba a los carritos en solitario porque no contaba con hermanos del rango de edad había crecido, se había vuelto aún más solitario, aquellas amistades de primaria, de saliditas a la calle, de jugar cincos, de jugar pelota o el tan anhelado escondite, ya no estaban mas y aquel patojo había muerto hacía muchos años y se había vuelto en un ser inescrupuloso sin más castigo que su impaciencia y su palabra.

-Hipócritas
- Mano ¿por qué siempre sos así?
- O son hipócritas o son mentirosas
- Tenés un grave problema y te tengo una solución para esa tiradera de mierda que siempre me haces.

Siempre había sido muy poco cercano a la familia, el día que entre a este pueblo sentí que un gran peso lo sacaba de mis hombros como si se despojara del cinturón de castidad a ese patojo que durante tiempo quiso entablar comunicación con ese secreto onanista que existía en él, muchas cosas cambiaron, la felicidad rondaba a la vuelta de la esquina con todo y marañas en la espalda, comenzaba mi vida de adultez, aquella donde debes velar por el trabajo por los tiempos de la oficina, los documentos en orden y nada más, inmerso en aquel trajín vestido de obligaciones, había disparado dardos en todas direcciones sin saber en dónde estaba, corroído por la vehemencia de la impaciencia, como si todo lo que ella decía me parecía absurdo y estúpido, ¡que estúpido! Acogido por la intolerancia de que los años hacen al sabio, mentirosos que son, como si la vejez fuera sabia solo por pasar dos, tres, cuatro décadas nomas porque sí.

- Va morite pues

Esto de las redes sociales ha cambiado las maneras de percibir la vida, de verla de una manera sencilla, a simple vista, cuando es ahí donde vivimos el día a día este grupo de seres privilegiados, alejados de los problemas cotidianos del que comer, del que beber, ropa, comida, trabajo, desnutrición, pobreza, golpes, gritos, muerte, nada nos concierne ya a estos enigmas de la tecnología fuera de ella.

Fue la explosión de la terquedad de la viveza y la bajeza de tener siempre la razón, de la necedad de aleccionar, de no ver más allá de la nariz y de la experiencia cotidiana, de no ver mas allá de la vida del que esta frente a nosotros, aquella necesidad de corregir de que nuestra postura es la única razón, y aquí estoy comiendo, fumando, cagando y durmiendo, como bien me dijo ella una vez.

Veo fotos de sus aventuras, de su descubrimiento personal, me alegra saber que no debo arruinar esa energía de su juventud, de las lecciones que le dará la vida, de las intrascendencias y de la experiencia que conlleva esas metidas de pata, ¿por qué querer que sus metidas de pata sean equiparables a las mías? ¿Debo guardar distancia de sus actividades? Si, ¿por qué? Porque el maldito está presente aquí dentro, porque las alas rotas se reconstruyen lejos de las tijeras y aunque es dificil esa distancia debo comprender que su felicidad esta mas lejos de mi como sea posible, 

El que debe morir es ese demonio que llevo dentro y al que debo aleccionar, a él si, y cortar en luna llena.