Comer, fumar, cagar, dormir
- Va! Morite pues
- ¿Por qué siempre queres hacerme sentir mal? Cuál es tu rollo?
- ¿Cuál es el tuyo?
Y con esto la tan idiota frase de
comerse el mundo y la relación de un bocado, no sabía ni creía lo pusilánime que
podía ser.
Hace más de diez años me la
llevaba de poeta, tuve un amor de aquellos indómitos en la universidad y
resulto ser aquel del que siempre se oía en unos y otros amigos hablar de que “el
primer amor no se olvida”, iba y venía con una libreta llena de palabras
prosaicas, mimetizadas en esbozos de poemas que en las más oscuras borracheras
las sacaba de la mochila y las leía a los amigos, tenía a un amigo que tocaba
en uno de esos grupos que por esa época estaban en detrimento pero se negaban a
morir de aquella convulsa época de rock y protesta política y social.
Pues agarraba los vasos de
cerveza y las manchaba de garabatos con un lapicero y salía uno que otro
defectuoso poema, este amigo lo leyó y me dijo cerote esta mierda esta buena para una rolita, sin más que decir se
la dí y ahí perdí uno de los que recuerdo eran mis mejores simulacros de poemas. Acarreando por años esta indolencia
maldita que dejo en mi esta relación doliente y maloliente me dediqué a
retraerme en las palabras y me convertí en un buen escuchador, todo lo que decían
lo guardaba en mi para luego tirar basura por la boca como aquel acupunturero
que ya sabe en dónde encontrar los males de los otros, mi aguja era la palabra,
aquella maldita palabra hiriente e indecente.
Sabía que podía ser un hijueputa
pero no de las grandes ligas, hay un momento que la boca antecede esos 25 centímetros
mas o menos que separan al cerebro de la lengua. De adolescente solía esperar
una cita o una reunión sin ver ni siquiera el reloj, era una especie de
inmiscuidad cotidiana, me gustaba observar a las personas, aquel arrullo de
pareja, aquel grito del padre a sus hijos y atravesaba las horas de espera en
aquel mundo real y fantasioso, absorbido por el entorno.
Hace poco corríamos con unos
amigos por la premura aquella indómita de la burocracia y sus horarios, surcábamos
las avenidas de la ciudad a toda prisa, yo en el asiento del copiloto dormía
por unos segundos, de pronto oigo una moto rebasarnos por la derecha, el
compañero que manejaba como pudo lo esquivó pues debíamos cruzar en esa misma
derecha que el hijueputa motorista se le había ocurrido rebasar, no tardo un
instante y antes que el imbécil pudiera decirnos algo yo ya le alegaba con
aquella enjundia propia de un energúmeno.
Aquel niño que jugaba a los
carritos en solitario porque no contaba con hermanos del rango de edad había crecido,
se había vuelto aún más solitario, aquellas amistades de primaria, de saliditas
a la calle, de jugar cincos, de jugar pelota o el tan anhelado escondite, ya no estaban mas y aquel
patojo había muerto hacía muchos años y se había vuelto en un ser inescrupuloso
sin más castigo que su impaciencia y su palabra.
-Hipócritas
- Mano ¿por qué siempre sos así?
- O son hipócritas o son mentirosas
- Tenés un grave problema y te tengo una solución para esa tiradera de
mierda que siempre me haces.
Siempre había sido muy poco
cercano a la familia, el día que entre a este pueblo sentí que un gran peso lo
sacaba de mis hombros como si se despojara del cinturón de castidad a ese
patojo que durante tiempo quiso entablar comunicación con ese secreto onanista
que existía en él, muchas cosas cambiaron, la felicidad rondaba a la vuelta de
la esquina con todo y marañas en la espalda, comenzaba mi vida de adultez,
aquella donde debes velar por el trabajo por los tiempos de la oficina, los
documentos en orden y nada más, inmerso en aquel trajín vestido de obligaciones,
había disparado dardos en todas direcciones sin saber en dónde estaba, corroído
por la vehemencia de la impaciencia, como si todo lo que ella decía me parecía absurdo
y estúpido, ¡que estúpido! Acogido por la intolerancia de
que los años hacen al sabio, mentirosos que son, como si la vejez fuera sabia
solo por pasar dos, tres, cuatro décadas nomas porque sí.
- Va morite pues
Esto de las redes sociales ha
cambiado las maneras de percibir la vida, de verla de una manera sencilla, a
simple vista, cuando es ahí donde vivimos el día a día este grupo de seres
privilegiados, alejados de los problemas cotidianos del que comer, del que
beber, ropa, comida, trabajo, desnutrición, pobreza, golpes, gritos, muerte,
nada nos concierne ya a estos enigmas de la tecnología fuera de ella.
Fue la explosión de la terquedad
de la viveza y la bajeza de tener siempre la razón, de la necedad de
aleccionar, de no ver más allá de la nariz y de la experiencia cotidiana, de no
ver mas allá de la vida del que esta frente a nosotros, aquella necesidad de
corregir de que nuestra postura es la única razón, y aquí estoy comiendo,
fumando, cagando y durmiendo, como bien me dijo ella una vez.
El que debe morir es ese demonio que llevo dentro y al que debo aleccionar, a él si, y cortar en luna llena.